lunes, agosto 13, 2012

Orlando Barone: La flema está que arde y Dios a veces no puede - Le flegme est chaud et parfois Dieu ne peut pas


¿Qué edad debería tener, en lugar de la que tiene, Miguel Galuccio, el nuevo gerente general de YPF? Tiene 44, edad que en algunos siembra dudas estúpidas y prejuicios etáreos. ¿Acaso debería tener 49, 52, 61 y medio? Setenta sería demasiado, claro; y 39 un riesgo todavía mayor que 44. 
Quienes se plantean suspicacias acerca de su presunta inmadurez no se las plantean acerca de los arcaicos argumentos con que poco más de treinta diputados se ahogaron en un pozo ya agotado de la historia. Después del extraordinario (no ordinario, rutinario ni obvio) discurso de Agustín Rossi en el Congreso, cabría el suspicaz interrogante: ¿por qué hace poco Miguel Del Sel obtuvo muchos más votos que él en la elección a gobernador de Santa Fe? Eso sí es extraordinario.

 Ni los santafesinos saben por qué. Pero lo que sí sabe el santafesino Hermes Binner es asociarse a la celebración del socialismo francés. “Es esperanzador para el mundo”, dicen que exclamó en París en su tenue manera y esperanzado en su futuro. El de él, de Binner. Ojalá que el socialismo del nuevo presidente francés no lo desesperance. Porque la Francia de hoy se merecería un antidepresivo  “antisarkozyano” y no un placebo líquido como los que describe Zygmunt Bauman. Dicen que el elegido, François Hollande, es la promesa distinta. 
Es que hay últimamente socialismos tan dulces que sólo aspiran a actualizarse en costumbres sociales, pero sin tocar las costumbres de las corporaciones. ¿Se negará Hollande a dejar sus convicciones en la puerta del Palais de l´Elysée? Eso es mucho más difícil que tener convicciones.  Justamente, la presidenta argentina dijo aquí que los sindicatos no debían ser corporaciones, ni sectas. Y que, por el contrario, significaban solidaridad. Es que el origen más remoto de la palabra sindicato es griego: díkè. Quiere decir “justicia” y con el prefijo syn, colaboración. Aunque se suscitan pulsiones o desvaríos sindicales que, sin hacer honor a sus raíces, a la colaboración ni a la solidaridad, las quitan más que las ofrecen. Ésta es una etapa argentina de desmitificaciones y develamientos. Ha develado, nada menos, que el petróleo es negro por donde se lo mire; y que si en los cincuenta hubo un radioteatro lacrimoso, donde había un negro que tenía el alma blanca (sin permiso del Inadi), ahora hay que aspirar a blanquear entusiastamente el petróleo argentino. Otro mito desmitificado es el de la flema británica. 
Esa tradición de impasible reserva. Ma´ qué flema ni temperamento de nevera y de gentleman. Si bastó un delicado y atlético aviso publicitario argentino sobre Malvinas, que parece una película de “Rocky” Stallone, para desenflemarlos. Pierden la flema y ya reniegan de Hipócrates y de todos los humores. Para colmo, les llega esa embajadora, viajada y bilingüe, que con flema argentina los altera. Pero no es únicamente a los ingleses que la flema se les hace mucosa en la garganta; es también a una porción de argentinos. Sí, aunque parezca mentira. Se atragantan y en lugar de putear por el gargajo, les sale Fuck you porque luce mundial y más seguramente jurídico, ¿viste? Son algunos mediáticos notorios, que presumen de ser tan abstractamente universales, que a la palabra patria la asocian a patrioterismo y nunca con patriotismo ni patriota. 
Les atrae ser aplaudidos por la tribuna visitante y no por la propia.   Si uno les mira el documento, son argentinos, pero no están “carriosamente” ni “sarlonianamente” ni “caparrósamente” convencidos de serlo. Forman parte de ese estereotipo de quienes están siempre en contra de lo que está a favor la mayoría. Incluso, los hay tan “desargentinizados”, que parecen haber sido acunados con alguna canción infantil del pacto Roca-Runciman.
Y mientras hacían nono, bajo una manta de auténtica lana escocesa disfrutaban del sonido de la palabra “Runciman”. Porque pronunciada junto a Roca les sonaba a ritmo de consenso y, gracias al cual, el Reino Unido se hipernutría de costillares y bifes de chorizo bien gauchescos. Ésas sí eran épocas de consenso flemático, donde todavía no se habían consagrado el populismo bárbaro de los descamisados o el gol de la mano de Dios. Y menos el síndrome nacional del Calafate. Y tampoco todavía la creatividad publicitaria argentina en nombre de una matriz inglesa había logrado ese  aviso olímpicamente soberano contra el colonialismo inglés. Se suman demasiados desenmascaramientos.

Convivimos y compartimos la Argentina expuesta de cara y seca, de frente y de envés. Con todo el aire; sin melindres. Y donde los actores son los actores y las botineras son las botineras; los políticos son los políticos y los lobbistas son los lobbistas; los medios son los medios y los periodistas son los periodistas. Los políticos, porque recobraron su perdida condición de políticos, salvo alguno (o alguna) que otro, que siguen divagando en el cosmos ético antipolítico y en trance de delirio escénico. Y en cuanto a los periodistas, ya no son aquéllos que quería la leyenda: héroes, mártires, quijotes y víctimas; son, también, más frecuentemente dañadores y dañinos; intencionados y mendaces, y dominados; y sobre todo dominantes en sociedad en comandita por acciones, con los dominadores. El público ya avisado les está haciendo la pregunta más grave: ¿hasta cuándo van a seguir sin sublevarse? Ojo -les advierten- que si se excluyen, la sublevación vendrá sin ustedes. Vayan pensando en las redes sociales. Y en que los liberales progresistas del último tramo del siglo pasado a partir de 2003 fueron puestos al desnudo. Parte del periodismo disfrazado tuvo que deschavarse sin la careta.



No es el culo feo o sucio lo que los revela (en gustos no hay nada escrito); es haberse consagrado por las apariencias. Ya no hay caso: han sido “desaparienciados”. Si habrá cambiado la vetusta leyenda del sacerdocio de la prensa, que ya nadie sería capaz de decir frases como éstas: “Le doy mi palabra de periodista”. Bueno, decir se puede decir. Pero hay que atenerse a las desopilantes consecuencias que la frase conlleva. Si hasta la palabra “Independiente”, en el periodismo suena menos legítima que el nombre del club de fútbol. Eso es señal de progreso, ya que la verdad que duele, purifica. Dicen. Pero ¿por qué ahora? Qué sé yo. La pregunta es insistente cada vez que el Gobierno produce algún cambio grande. Si lo sabrá el grupo de Héctor Magnetto. Pero, ¿por qué ahora YPF? ¿Y por qué el nuevo código penal? En cualquier momento eso va a pasar con la minería. O con la pesca. O con una Ley grandota van a ablandar hasta hacerlo miel, el núcleo duro de la pobreza. ¿Y recién ahora se acuerdan?, volverán a decir.
Y sí. Está ese cuento acerca de Dios. Se lo ve cansado. Acaba de crear el mundo y una criatura mínima, despabilada, le pregunta: “¿Por qué me creaste recién hoy?”. Dios, humilde y paciente, y sin endigarle su insignificancia, le contesta: “Porque recién hoy tuve la oportunidad y el poder para hacerlo”. No se trata de tratar de poder cuando no se puede, le quiso decir Dios. Charlatanes de imposibles nunca faltan. El imposible acaricia, pero nunca copula. No sé si se entiende. Ah, nos damos cuenta. Por eso, la mayoría del pueblo, la sociedad, los ciudadanos se sonríen. Se divierten con las travesuras de Guillermo Moreno, no les importa que Boudou desafine cuando canta, ni se suicidan en masa mientras los que toman té importado en taza de porcelana, los viven azuzando con el precio de la yerba. Pero no se divierte ni sonríe Beatriz Sarlo. Está cada día más enojada con la vida argentina. Y la describe en La Nación como si se sintiera asqueada. Ella sola se propone ser la síntesis de la banalidad del estado de desánimo. Y de la retaguardia del pensamiento más antiguo. Se quedó en aquella Argentina de los argentinos todavía vaciados de autoestima. Sigue sacando sus argumentos de la segunda guerra mundial, del nazismo, de las manías persecutorias y de los restos de las ferias del trueque. No sale del aula donde dicta clases, sino para chocarse y maldecir la realidad. Es incompatible con lo que la mayoría asiente compatible.   
Pero Dios es sabio. Y no la privilegia a la Sarlo con ninguna penitencia ostentosa que ella ansía. Su yo la desubica como una brújula cuya aguja señala siempre al que la está consultando. Si Sarlo dijo de sí misma: “Soy la antikirchnerista que los kirchneristas más aman odiar”. Que lo disfrute.

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