martes, enero 10, 2012

Historias de la Patria Grande: José Gervasio Artigas, su recuerdo en un día como hoy

A propósito de la victoria en la Batalla de Guayabos  

SUS DEPRAVADAS Y AMBICIOSAS MIRAS

Fragmento de un libro de Mario “Pacho” O’Donnel

El pueblo irrumpiría en la historia, impetuoso, masivo, no en el lluvioso 25 de Mayo sino en la noche del 5 al 6 de abril de 1811, para luego caer en las jornadas de setiembre. 
Ni Saavedra ni Campana demostraron condiciones de caudillos, y los orilleros, los gauchos, los indios, los mulatos, es decir la chusma porteña huérfana de liderazgo, no participaría ni sería convocada en las alternadas revoluciones en las que de allí en más la asociación hispano-plebeya por un lado y los ideólogos de la iluminación por el otro se disputaron el gobierno en septiembre de 1811 (Primer Triunvirato) y en octubre de 1812 (Segundo Triunvirato).


Pero la plebe reaparecería en la otra orilla del Plata, cuando José Gervasio de Artigas y su pueblo se encontraron en el éxodo oriental de 1811. El jefe oriental había sido en sus años mozos lo que Eric Hobsbawm clasifica como "bandido social", alguien que en una sociedad sin orden y sin ley asume la representación de una primitiva justicia popular, encarnando la leyenda de quien "roba al rico para dar al pobre". En esas andanzas cometió frecuentes delitos y no parecen falsas las imputaciones de algún crimen. Luego llegarán los tiempos de su vigorosa consustanciación con la causa independista, que guarda con el bandidaje la semejanza de atacar a autoridad colonial.
La aparición de Artigas en la superficie de nuestra historia se produjo cuando, a instancias del embajador británico con sede en Río de Janeiro, lord Strangford, a favor del debilitamiento del orgullo patriótico con la caída de Campana y la Junta Grande, el secretario del flamante Triunvirato, Bernardino Rivadavia, firma con el gobernador de Montevideo, un tratado por el cual se retira el sitio patriota a Montevideo y se reconocen los derechos españoles sobre la Banda Oriental, e insólitamente, sellando la unidad de la nación española "de la que forman parte las Provincias Unidas del Río la Plata". Lo que este acuerdo garantizaba era el libre comercio que Inglaterra exigía y que los sitios y bloqueos dificultaban.
Artigas se indigna y decide un repliegue táctico que detona un proceso que no estaba en los cálculos de nadie: la población de la campaña se suma multitudinariamente a la marcha tras su caudillo, tomando conciencia de sí mismos y de su significado en la historia. "No se les podrá hallar todo el valor, entretanto no se comprenda el estado de esos patriotas en el momento en que, demostrándolo, daban mejor prueba de serlo", escribe el jefe oriental desde el paso del Dayman al gobierno del Paraguay. "Estaba reservado a ellos demostrar el genio americano, ellos se resuelven a dejar sus preciosas vidas antes que sobrevivir al oprobio e ignominia (...) Yo no seré capaz de dar a V.S. una idea del cuadro que presenta al mundo la Banda Oriental, llenos todos de la memoria de las grandes proezas, oyen sólo la voz de la libertad y unidos en masa marchan cargados de sus tiernas familias a esperar mejor proporción para volver a sus antiguas operaciones (...) cada día veo con admiración sus rasgos singulares de heroicidad y constancia. Yo llegaré muy pronto a destino con este pueblo de héroes".

Buenos Aires se alarma. Sus gobernantes, llámense Alvear, Posadas, Pueyrredón, Sarratea, desconfiarán de la creciente convocatoria popular de Artigas y de la lealtad y ciega confianza que le profesan los orientales. Pero lo que más preocupa a las autoridades del otro lado del río son las ideas que el jefe oriental pregona y que sus representantes intentarán poner en la Asamblea de 1813, osadía conjurada con el expediente de declararlos ilegítimos cuando sus pergaminos estaban avalados por elecciones populares y democráticas que habían consagrado a casi ninguno de los delegados de las otras provincias:
Pedirán  la declaración de la independencia absoluta de la corona de España y familia de los Borbones", cuando los notables de Buenos Aires debilitaban sus propósitos de autonomía, obedientes a las imposiciones británicas. Tanto que Rivadavia había amenazado con castigar a Belgrano por su irreverencia de crear una bandera, como lo relato en un libro anterior (111).
"No admitirá otro sistema que el de la Confederación para el pacto recíproco con las provincias que formen nuestro Estado. (...) Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los Pueblos, cada provincia formará un gobierno bajo esas bases, a manos del gobierno supremo de la Nación. (...) El Gobierno Supremo entenderá solamente en los negocios generales del Estado. El resto es peculiar al gobierno de cada provincia", instrucciones que estaban en franca contradicción con las tendencias unitarias y centralistas de los notables al otro lado del ancho río.
"Los gobiernos provincial y Supremo de la Nación se dividirán en Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial", propuesta de notable espíritu democrático, de dramática actualidad en los días que corren, sobre todo porque también se recomendará que "estos tres resortes jamás podrán estar reunidos entre sí, y serán independientes en sus facultades".
"El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los Pueblos", clara advertencia al autocratismo porteño.

"El Gobierno Supremo de las Provincias Unidas residirá fuera de Buenos Aires", intolerable afrenta para la soberbia y los intereses del puerto, poco adepto a compartir tampoco que "la Constitución garantizará a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicano, y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas" y que "prestará toda su j atención, honor, fidelidad y religiosidad a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta provincia las ventajas de la libertad, y mantener un gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria" pues estas leyes, de ser aprobadas, hubiesen significado un freno constitucional a las tendencias hegemónicas de Buenos Aires.
Lo cierto era que ambos bandos, o ambas Bandas, representaban una antinomia de difícil convivencia. Una era la revolución estudiada en libros, de instituciones postizas donde el pueblo eran solamente los principales y la patria una entelequia retórica, un concepto de lo que "debía ser". Era una clase social de pudientes o intelectuales para quienes lo que no estuviese en las obras de Rousseau y Raynal, o no se inspirase en el constitucionalismo de Daonou o por lo menos de Jefferson, era incomprensible y por lo tanto repudiable, bárbaro.
Enfrente había un pueblo de gauchos de la campaña y orilleros de los márgenes urbanos, clérigos proletarizados y pequeños propietarios, también los máximos desclasados: indios y  negros, todos siguiendo a un jefe que, estaban convencidos, hablaba y sentía por todos ellos. Era ésa una realidad americana que no estaba escrita en ninguno de los libros que venían del otro lado del mar, pero que vivía, alentaba y se imponía. Pretender integrar ambas posturas que, sin saberlo, ahondaban en la filosofía y en la ontología pues sostenía concepciones divergentes de la existencia, fue imposible a lo largo de nueve años de violento diálogo de sordos que se prolongaría en la sangrienta lucha entre federales y unitarios, y más tarde en la Guerra de la Triple Alianza. "La enemistad de la oligarquía con el pueblo y sus caudillos necesariamente tenía que ser profunda" (J. M. Rosa).

Artiguistas y porteños volverían a compartir el asedio a Montevideo luego de la caída de Rivadavia y el Primer Triunvirato cuando San Martín y Alvear invadieron la plaza de la Victoria con sus granaderos en lo que puede considerarse el primer golpe militar contra un gobierno constitucional.
Pero la conflictiva relación entre los sitiadores había llegado ya a punto límite porque Buenos Aires desconfiaba de ese caudillo de gran predicamento entre los humildes del puerto y Moral que no aceptaba las instrucciones del Directorio porteño.
El caudillo oriental, entonces, una vez más ofendido porque no se le provee del parque y los bastimentos prometidos, toma una actitud beligerante y a fines de diciembre de 1812 se apodera de las carretas que marchaban con armas y municiones para las tropas porteñas a las órdenes de French. Si Buenos Aires no lo quiere de amigo lo tendrá como enemigo.
Seguirá  la guerra solo contra los españoles con la ayuda del pueblo oriental que lo idolatra. El 25 desde su campamento en las márgenes del río Yi, envía un documento a Sarratea, jefe de las tropas porteñas, que la historia conoce como "La Precisión del Yi":
"El pueblo de Buenos Aires es y será siempre nuestro hermano, pero nunca su gobierno actual. Las tropas que se hallan bajo las órdenes de V.E. serán siempre el objeto de nuestra consideración, pero de ningún modo V.E. (...) Yo no soy el agresor ni tampoco el responsable (...) Si V.E. es sensible a la justicia de mi irritación y quiere eludir sus efectos, repase V.E. el Paraná dejándome todos los auxilios suficientes; sus tropas, si V.E. gusta, pueden hacer también esa marcha retrógrada".
El 8 de enero se firma el "Convenio del Yi": Sarratea se retiraría, Rondeau, que acaba de vencer a los godos en el Cerrito, sería el nuevo jefe de las fuerzas porteñas. En el documento se llama "ejército", en esto hace hincapié el orgulloso Artigas, al oriental, y "auxiliares" a las tropas de línea venidas de Buenos Aires, al revés de como hasta entonces lo consideraba Sarratea.
Éste, sin darse por rendido, durante su marcha de regreso se ha puesto en contacto con Fernando Otorgues, pariente próximo de Artigas y uno de sus oficiales de mayor confianza. Le ofrece el gobierno de la Banda Oriental si traiciona y elimina a su jefe y para que no queden dudas de la seriedad de la propuesta le regala dos pistolas modernas. Le había ido bien en sobornar a Viera, Valdenegro y otros caudillos artiguistas de la primera hora, ¿por qué no con Otorgues, díscolo, ambicioso y también inescrupuloso? En la seguridad de contar con su complicidad el 2 de febrero de 1813, desde el Cerrito, Sarratea dicta un bando donde califica de "traidor a la Patria" a Artigas, llama "bárbara y sediciosa" su conducta, e "indulta y perdona" a quienes lo eliminen.
En una carta también fechada el 2 de febrero autoriza a Otorgues "a nombre del Superior Gobierno para que proceda en bien general del Estado a castigar al rebelde enemigo de la patria José Artigas, a quien declaro traidor a ella", comprometiéndose a "que la carrera de sus dignos servicios (de Otorgues) será atendida, aumentada y considerada". Le asegura que "va a llenarse de gloria y aumentar los timbres de la patria derribando con empeño el obstáculo que se opone a nuestra libertad".
Convencido de su proceder dos días más tarde informa a Buenos Aires, con un optimismo fundado en el resentimiento, que "Artigas no puede adquirir consistencia: su ignorancia para la guerra, la falta de oficiales, el mal estado de su armamento y otras circunstancias lo hacen despreciable en todo sentido (...) muy pocos fusilados bastarán para lanzar a este caudillo más allá de las márgenes del Cuareim (frontera con Río Grande)".
Pero Otorgues se arrepiente, o quizás es él quien ha tendido una trampa al porteño. Informa a Artigas y le muestra su correspondencia con Sarratea. La indignación del caudillo oriental es ostensible en su carta del 11 de febrero: "He leído por conducto del comandante Otorgues, a quien V.E. se lisonjeó seducir, el papel en que V.E. me declara traidor a la Patria... ¡Yo declarado traidor! ¡Retírese V.E. en el momento de esta Banda!".

También el 14 se quejará a Buenos Aires: "¡Ah! si (Sarratea) hubiera empleado a favor de la Patria una milésima parte de la política que tuerce a sus depravadas y ambiciosas miras"; señala que para él "el pueblo oriental es de un orden inferior al resto de los hombres; lo llama "seudo apóstol" de la libertad y afirma "que nada espera el pueblo oriental para hacerse justicia: a V.E. toca dársela si fuera de su superior sagrado." (98, 134).

98. Luna, Félix, Segunda fila, Planeta, Buenos Aires, 1999.
134. Rosa, José María, Historia argentina, Oriente, Buenos Aires, 1974.

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