jueves, agosto 23, 2012

El petróleo manchado de sangre - Pétrole sanglant


Desde hace unos años, los combustibles de base agrícola ocupan una fracción creciente en el mercado.
        
Sin embargo, poco o nada se difunde sobre las investigaciones que permiten crear modelos de vehículos en base a energías llamadas alternativas, como el hidrógeno, el sol o hasta el agua.
Henry Ford, hombre criado en una familia campesina, hacia 1925, cuando ya era un poderoso industrial, advirtió que los combustibles del futuro iban a derivar de los productos agrícolas. Es más, el primer modelo de Ford A estaba equipado de fábrica con un carburador de regulación manual que daba tanto la posibilidad de usarlo con combustibles de origen fósil como de naftas elaboradas en base a alcoholes vegetales. Por entonces, el poder de las petroleras era inmenso y el horizonte del agotamiento de los hidrocarburos no era motivo siquiera de relatos de ciencia ficción. 
En 1931, en plena Gran Depresión, cuatro millones de Ford A recorrían las rutas y las calles de Estados Unidos. La familia Rockefeller festejaba: el futuro había llegado para consolidar su poderío. A nadie le importaba aquel carburador con el que Ford había osado desmarcarse del poderío de los petroleros. Los Rockefeller habían pasado el escollo mayor cuando la Standard Oil había recibido tarjeta roja del Tribunal Supremo de Estados Unidos por todos los juicios por monopolio sufrido en decenas de estados norteamericanos. Los Rockefeller cumplieron con la letra del mandato, crearon 34 filiales que, por arte de lobby, quedaron todas en poder de los Rockefeller. 
Estos tenían integradas las finanzas al petróleo y eso los mantuvo, quizá hasta hoy, en el centro del poder mundial. Los manuales de economía recuerdan a Ford como el tipo que armó las líneas de producción. Pero el modelo fordista no se agotaba al interior de las plantas fabriles, sino que se proponía la integración vertical de la producción. Uno de sus capítulos más audaces fue el de querer producir su propio caucho y se metió en una aventura frustrada en Brasil cuyo relato fantástico está retratado por el economista y escritor Eduardo Sguiglia en la novela Fordlandia. Algunas de sus otras ideas para consolidar el trust era, como queda dicho, no depender completamente del petróleo para alimentar sus autos.
Desde hace unos años, con el barril de petróleo por encima de los 100 dólares, los combustibles de base agrícola ocupan una fracción creciente en el mercado. Sin embargo, poco o nada se difunde sobre las investigaciones que permiten crear modelos de vehículos en base a energías llamadas alternativas, como el hidrógeno, el sol o hasta el agua. Ocho décadas después, aquel invento de Ford sigue siendo un muerto en el placard. Es interesante confirmar cómo las finanzas –y la política de las grandes multinacionales– siguen manejando el precio y los rumbos del petróleo.
Nadie pone en duda que la cotización del barril de crudo es consecuencia de la volatilidad financiera. Y la Argentina acaba de dar un paso, con la declaración de interés público de los temas energéticos, que está estrechamente ligado a la renegociación de la deuda externa. Cabe recordar que en septiembre de 2003, apenas cuatro meses después de asumir la Presidencia, Néstor Kirchner empezó una durísima negociación con los acreedores. Fue en la Cumbre de Dubai y, pese a haber asumido con algo más del 22% de los votos, les dijo lisa y llanamente a los tenedores de títulos en default que les iba a hacer una quita del 75% de los 90 mil millones que valían nominalmente esos papeles de deuda. Pues bien, con el mismo signo realista y soberano, con el apoyo del 54% de los votos, Cristina Fernández de Kirchner logró un abrumador respaldo en el Congreso para que el Estado se quedara con el 51% de las acciones de YPF. A la soberanía financiera ahora se busca sumar la soberanía energética.
El problema de algunos es no entender la matriz cultural y política de este ciclo de la Argentina. No es casual el ataque feroz al viaje de empresarios a Angola y del próximo viaje de la presidenta a ese país soberano. Allí hay petróleo y hay gas, como los hay en muchos países africanos con los cuales el nuestro puede establecer una relación de igual a igual. 
Sin prejuicios raciales como los tienen los xenófobos antiargentinos que escriben pestes en La Nación y Clarín al respecto. Lo de xenófobos antiargentinos puede parecer un oxímoron (dos significados opuestos en la misma expresión) pero es lo único que se le ocurre a este cronista para describir cómo entienden la argentinidad los escribas de la prensa conservadora: sienten un complejo de superioridad cuando se trata de culturas que ellos consideran pobres y una excitación desproporcionada cuando se refieren a las sociedades que consideran ricas y están en el norte del planeta. No es más que una continuidad del pensamiento obediente a los amos con el poder económico.

FRANCIA Y ESPAÑA. 
Las barbaridades hechas en África por las naciones colonialistas, aun después del esclavismo descarnado, siempre tuvieron olor a diamantes, oro o petróleo. Para muchos, sin duda, el triunfo de François Hollande en Francia es una sorpresa mayúscula. Pero los socialistas de ese país tienen una matriz diferente a la derecha gala. 
El Senado de Francia (con mayoría socialista) dio los fondos para la realización de un documental de 160 minutos llamado Francafrique, dirigido por Patrick Benquet, que se estrenó a fines de 2010 y que tenía por objeto una revisión crítica de los motivos que llevaron a Charles de Gaulle a otorgar 50 años antes la libertad política a 14 colonias centroafricanas. 




A la par que muchos gaullistas entonaban las estrofas de La Marsellesa y se sentían hermanados con los africanos, el viejo general héroe de la Resistencia había encargado a Jacques Foccart la tarea sucia. Foccart, que había empezado como parte del maquis, era el encargado de Asuntos Africanos y su misión principal era garantizar los intereses colonialistas con apariencias democráticas. Lo más impresionante del documental es que son los propios responsables de las tareas sucias quienes dan testimonio de lo actuado. Así, varios diplomáticos franceses que respondían a “razones de Estado” cuentan la importancia que tenía el petróleo. Un caso relevante es el del control completo que tenían sobre el presidente de Gabón, Omar Bongo, y cómo permitió las tropelías de la empresa ELF Aquitaine, la petrolera francesa que terminó con escándalos de corrupción en los noventa y que terminó absorbida por la gigantesca Total, también de origen francés. Albin Chalandon, presidente de ELF –quien también combatió en las filas del maquis– relata las maniobras para apropiarse del petróleo gabonés. Francafrique se interna en confesiones poco conocidas sobre la incidencia de los intereses petroleros franceses en la llamada Guerra de Biafra (1967-70); una provincia de Nigeria, que también se había “descolonizado” de Gran Bretaña. Los hombres del Estado francés habían metido armas a rolete para intentar la secesión de esa provincia para sumar sus riquezas petroleras. 
A tal punto la maquinaria funcionaba que a la venta de armas se sumaba una campaña en la prensa francesa en la que se mostraba a los niños hambrientos biafranos como resultado de lo inhumano que eran los nigerianos. El diario Libération –fundado por Jean-Paul Sartre– ya había desatado estupor entre los franceses cuando revelaba que uno de los hombres “de Estado” había dado fondos al gobierno del ex Congo francés para que ELF entrara en el negocio petrolero sin dejar ni un franco a los congoleños. 

Para entender la lógica de la llegada de Repsol a YPF también es preciso entender las razones “de Estado” que unieron –y unen– a la Corona española con los partidos Popular y Socialista –con distintos matices– y a su vez con las empresas privatizadas en aquel país. Si bien es cierto que Repsol llegó a la petrolera argentina de la mano de José María Aznar –Partido Popular, ahora de nuevo en el gobierno– fue un hecho aplaudido por los socialistas. A cuatro años de que Repsol se hiciera de YPF, en medio del boom español, se puso a la cabeza de la facturación en ese país. En efecto, en 2003 Repsol facturaba 36 mil millones de euros, muy por encima de las dos que la seguían: Telefónica (28 mil millones) y Grupo Santander (24 mil millones) (El País, 18/10/04). 
España crecía y quería petróleo. Sin sangre como sus vecinos franceses, pero barato. Y lo buscó, con apoyo sostenido de los poderosos del petróleo mundial, en Argentina, su ex colonia díscola de otros intereses coloniales en años de peronismo y resistencia. Es curioso cómo hasta los políticos más lúcidos, y también surgidos de la resistencia, pueden caer en el espejismo de convertir una nación en una potencia que pisotea a otras naciones. Felipe González –llamado Isidoro en años de clandestinidad antifranquista– escribió un artículo publicado el 9-6-05 en varios diarios simultáneamente, en el que daba cuenta de los conflictos que acarreaba que el precio del barril de petróleo hubiera llegado a 60 dólares. “Entre los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China pueden llevarse –decía el ex presidente de gobierno de España– la casi totalidad de la energía no renovable disponible en el horizonte de 2010 o 2012. 

Aunque no aflore en los análisis, la lucha de intereses por la energía disponible tensionará las relaciones de poder en el mundo muy por encima de los límites que ya estamos conociendo.” Es interesante ver cómo el compañero Isidoro ponía una fecha para que los conflictos por el petróleo emergieran a la superficie. Es precisamente 2012 el año en el que terminó el aprovechamiento neocolonial de YPF.
Sin desconocer las profundas diferencias entre el neofranquismo y los socialistas españoles, en los noventa estos últimos priorizaron “las razones de Estado” en relación a la Argentina y a otras naciones americanas. Es un buen momento para que ellos –en la oposición al gobierno de Mariano Rajoy y de la casta de banqueros que los rodea– se inspiren en el formato de Francafrique para contar cómo fueron los hilos de favores de poder en esos años. Salvando las distancias, así como en Gabón existió un Omar Bongo, en Argentina hubo un Carlos Menem. 
Ojo, no alcanza con señalar a los máximos responsables ni se trata de expiar las culpas de otros. Se trata de profundizar en cómo se tejen los intereses y los hilos de la historia.

Eduardo Anguita. Miradas al Sur

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